viernes, 18 de noviembre de 2016

¿Incongruente? Quizás.

Planes, planes, planes y más planes. Hacemos planes durante cada segundo del día para absolutamente todo.
Lo típico de estudiaré una carrera y cuando acabe conseguiré un trabajo sobre lo que he estudiado, a poder ser estable, conoceré esa persona que será mi pareja estable con la que me casaré, tendremos niños, los criaremos, cuando sean lo suficientemente mayores se irán de casa, nos jubilaremos y nos compraremos un chalet a pie de playa en Benidorm para disfrutar de la jubilación.
¿En serio?
No digo que no haya nunca que hacer planes, pero tampoco que tengamos que agobiarnos por el futuro. Vivimos todos histéricos pensando en el qué pasará mañana y yo digo ¿qué más da lo que pueda pasar?. De todos modos no eres adivino, es imposible que lo sepas. Aunque tu día de mañana esté perfectamente cuadriculado, es perfectamente posible que tu marido o tu mujer con la que llevas media vida de repente te diga que quiere divorciarse, que te tires el café encima desayunando, que te levantes enfermo y no puedas ir a clase o a trabajar o incluso que caiga una nevada que no te deje ni pisar la calle (improbable, pero no imposible).
Todos y cada uno de los días pasa algo que nos saca de nuestros planes establecidos, a veces es algo tan nimio como que te cague un pájaro o algo tan importante como que te despidan del trabajo.
Y aun así seguimos haciendo planes que la mayoría de las veces no suelen llegar a término.
¿Tan difícil es disfrutar de la vida sin preocuparse por nada? Pues parece que si, al menos para la mayoría de gente (entre la que por supuesto me incluyo).
Es cierto que hay días o temporadas en las que todo nos da más igual y disfrutamos más de todo lo que nos pasa alrededor, pero nunca sin tener planeado el siguiente minuto de nuestras vidas. ¿Incongruente? Quizás.
Creo que de entre todos nuestros planes diarios, sacamos tiempo para disfrutar aunque a veces no el suficiente.
Vivimos tan en el futuro que el ahora ni siquiera lo pensamos, pasamos por él por inercia.
Por eso cuando un día de repente me siento más contenta que unas castañuelas y sin ningún motivo aparente me recreo en ello y disfruto de esa felicidad imprevista. Y cuando sale el sol un día de invierno, me pongo de cara a él con los ojos cerrados dejando que los rayos me cieguen y me den una vaga sensación de calor. Y cuando mi amor me besa, cierro los ojos y dejo que durante el tiempo que sea, el resto del mundo desaparezca.
Quizá son solo pequeños momentos, pero cuando los disfrutamos y nos damos cuenta de ello, que bien sienta.

Es gratis-Arnau Griso

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